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Dame tu corazón la ocasión y yo te haré grande, no porque infunda en ti lo que no hay en ti, sino porque haré brotar y manifestarse lo que tu alma tiene oculto.
Motivos de Proteo, José Enrique Rodó

El sueño

– El sueño se repite insistentemente, martillea mi cabeza sin piedad. Llego a pensar en él como en un percutor que busca mi cerebro como si de una bala se tratase, con la única intención de hacerlo estallar – los finos labios que pronunciaban estas palabras pertenecían a un rostro con una frente perlada por el sudor con los ojos enormemente abiertos.

Tal rostro reposaba sobre el diván de un doctor con un curioso parecido con Freud, que fumaba una pipa cuyo denso humo inundaba la consulta, dándole un (viciado) aire de misterio. Desde su asiento el doctor vigilaba al paciente, las piernas cruzadas, sujetando con su mano izquierda la pipa, mientras la derecha reposaba en el brazo de la silla.

– ¿Estallar?

– El sueño me deja agotado. Ese sueño… – una pausa. El doctor aprovechó la oportunidad.

– Cuénteme el sueño.

– Aparezco de la nada. Me encuentro en un lugar muy extraño, resulta imposible diferenciar cielo y tierra. Es como si caminara dentro de de una nube, pero pudiera ver un infinito espacio a mi alrededor. Me siento tranquilo, y como no tengo nada que hacer, me pongo a caminar – su tono de voz dejaba notar su tranquilidad. No sé cuánto tiempo transcurre hasta mi encuentro con ella.

– ¿Ella?

– La mujer. La única mujer. Mi única compañera.

– ¿Cómo es su encuentro con ella?

– Aparece por detrás de mí. Está totalmente desnuda. Tiene los párpados cerrados. Me sonríe. Yo sonrío también. Pero me doy cuenta de que está dormida, así que intento despertarla. La llamo, pero mi voz es callada por un rugido como de olas que surge de todas partes. Impotente, la agarro por los hombros y la agito, primero con suavidad, luego con violencia. Al ver que no reacciona, desisto, y la suelto. Es entonces cuando me doy cuenta de que yo también estoy desnudo. Vuelvo a pronunciar su nombre. Esta vez nada molesta mi llamada, y ella comienza a abrir sus párpados muy lentamente. Pero algo no va bien. De sus vacías cuencas la sangre comienza a brotar, deslizándose espesamente por sus mejillas. Caigo de rodillas ante ella, y al tiempo que alzo los brazos al cielo GRITO, y mi grito la atraviesa, rompiendo su cuerpo en mil pedazos. Sus restos son trozos de un espejo. En ese momento me invaden a la vez – y mientras el paciente lo decía se reflejaba en sus facciones – el miedo, la desesperación, la pena, el dolor. No puedo evitar salir corriendo. Mientras corro me repito a mí mismo: “Esto no es cierto, no es más que un sueño, no puede ser verdad”.

– ¿Por qué piensa que es un sueño en ese momento?

– Porque mientras estoy despierto nunca la he encontrado. Sé cómo es, pero no sé dónde está. Y cuando por fin la encuentro la dicha que siento no la puedo expresar con palabras, al igual que no hay modo de decir lo que siento cuando me la arrebatan de las manos. En ese momento, al pensar que todo es falso, sé que no puede tratarse más que de un sueño, de una pesadilla. Así que, cuando mi carrera me lleva al borde un acantilado, a mi mente acude la idea de tirarme, quizá recordando que siempre que en un sueño caigo desde mucha altura despierto antes de golpear el suelo.

– Quizá porque no es capaz de soportar tanto dolor como le causa el haberla perdido y quiere buscar la muerte. ¿Se decide a saltar?

– Sin dudarlo. El vuelo no dura mucho porque la velocidad a la que me precipito contra el pie del acantilado es mayor de lo que yo pensaba que sería. Y justo cuando voy a romperme en las rocas del fondo del acantilado, cuando creo que voy a despertar sudando en mi cama, aparezco vestido con una extraña chaqueta blanca, en el interior de un corredor blanco, alicatado por todas partes. El más absoluto silencio reina en él. El corredor parece no tener final. Me doy la vuelta y tras de mí hay una enorme puerta de madera entreabierta. Me dirijo a ella, la abro…

– Y esa es la puerta por la que usted entra en mi consulta.

– Así es.

La verdad

Los dulces siempre fueron un problema para mí. Desde joven mi enfermiza pasión por ellos me llevaba a un sinfín de problemas (cuya narración, lo siento, no tendrá lugar en este día), e incluso llegué a pensar en seguir algún tipo de tratamiento para apartarme de su maldito influjo. ¡Qué poco sospechaba yo que su poder sobre mí me conduciría al mayor de mis descubrimientos! Ese es el motivo por el que hoy estamos aquí, charlando. Pero antes de comenzar, pónganse cómodos, caballeros. Esta historia no puede ser digerida de cualquier modo. ¿Ya? Bien. Hace un mes…

Andaba yo por las calles de Cáceres en desesperada búsqueda de una pastelería abierta. Mis fuerzas comenzaban a flaquear tras (no lo podía creer) doce horas sin nada que endulzara mi existencia. No, no me refiero a eso. Hablo de pasteles, dulces, ambrosía para mí. Creía perder la vida, pero cuando ésta parecía abandonarme, allí estaba ella, como una diosa: La Madrila-Pastelería. “¡Salvado!”, dije para mis adentros. Abrí como pude la puerta y con un esfuerzo sobrehumano supliqué a la dependienta (una muchacha deliciosa, la verdad sea dicha) me diera el precio de las palmeras. No tengo que decir que la dependienta ya me conocía debido a mis múltiples visitas a su establecimiento. Me sirvió la palmera y, tan pronto como me vio recuperar fuerzas, me dijo: “No sé cómo es usted capaz de comer tantos dulces, la verdad”. Yo, en un ataque irreprimible de ironía, repliqué: “¿Quién conoce, en el fondo, la verdad?”. Fue entonces cuando empezó este misterioso asunto del que les quiero hablar.

Tan pronto hube pronunciado estas palabras, sus demasiado abiertos ojos llamaron mi atención. Denotaban una sorpresa similar a la que se tiene cuando alguien a quien crees semejante a ti, de repente dice no conocer algo a lo que tú estás acostumbrado desde que naciste. “¿Cómo? ¿No conoce la verdad?”. Su mirada me taladraba. “No”. Intenté dar a mi voz un tono suave, pero su pregunta me había desarmado. Ese sorprendido rostro dejó asomar, ahora para mi sorpresa, una desafiante sonrisa, aún más aterradora que su anterior gesto. “¿Te gustaría conocerla?”. Mis labios dejaron escapar un sí mientras intentaba pensar de qué psiquiátrico habían dejado escapar a aquella hermosa jovencita. Porque estaba claro como el agua que esta buena mujer no me estaba proponiendo una lucha dialéctica. Lo que pretendía era presentarme algo que la humanidad intentaba encontrar desde el día de su nacimiento.

Y mientras mis pensamientos se movían por estos caminos, mis piernas y mis brazos intentaban coordinarse para seguir los pasos de esa demente que me indicaba con el índice que la siguiera a la trastienda. Cuando por fin mis torturados miembros se pusieron de acuerdo, entré donde ella me indicaba. El lugar al que me condujo estaba oculto tras una cortina, que ella apartó con su mano izquierda, mientras con la derecha me mostraba el interior del cuarto. A medida que me aproximaba a la habitación la iluminación de ésta aumentaba, hasta que su interior se hizo totalmente visible. ¿Sería posible? Parecía que en el centro de la habitación hubiera un pedestal con la curiosa inscripción “La verdad absoluta”, y sobre éste… Como todos ustedes sabrán, mi vista no es una de mis virtudes, así que hube de acercarme más para poder ver con detalle lo que mi querida pastelera me mostraba. Pero, ¿qué ven mis ojos? Creí desmayarme. Sobre ese pedestal…

No, todavía no. Antes he de hacerles una matización. Todos hemos pensado alguna vez, medio en broma, medio en serio, sobre la existencia de la verdad, sobre si la verdad absoluta existía. Nunca hallé respuesta. Pero hete aquí que mi corazón me decía que hoy la iba a encontrar. No se rían, por favor. No juzguen a un anciano simplemente porque parece decir algo que no son capaces de entender, hijos míos. Esto es de una trascendencia mayor que la que creen. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Gracias por recordármelo.

Ejem… sobre ese pedestal se encontraba, flotando, una masa informe de algo que parecía gelatina gris, con un par de ojos negros que miraban al infinito. No había dado más de dos pasos dentro del cuarto cuando se giró sobre sí misma para poder mirarme. Posó sus ojos sobre mí. Dejaban escapar un cierto aire de intranquilidad como cuando un “amigo” se me acerca en un bar para charlar, pero en su mente sólo está el poder llenarse el gaznate a mi costa. Esa cosa (¿la verdad?) me dejó clavado en el sitio. Eso de lo que la verdad estaba hecha comenzó a deformarse bajo sus ojos para mostrar algo similar a una boca. Y tras unos segundos que me parecieron una vida entera, esa boca improvisada comenzó a mover sus toscos labios, como para hablarme. No puedo expresar con palabras lo que sentí cuando “eso” que se suponía era la verdad absoluta inició un intento para comunicase con mi humilde persona. Reconozco que tuve mis dudas sobre la autenticidad de su identidad, pero lo que me hizo me confirmó que me encontraba ante la única, la inimitable, insuperable e inalcanzable verdad absoluta. Esos labios, que con dificultad trataban de formar sonidos, por fin lo lograron. De su boca salió una inmensa pedorreta dirigida a mí. La pedorreta se prolongó por espacio de tres minutos y quince segundos, tiempo tras el cual su boca desapareció y, con media vuelta, volviose de espaldas a mí. Inmediatamente entendí el mensaje que me comunicaba esa generosa entidad.

Me encaminé hacia la salida de la pastelería cabizbajo, pensativo, mientras la pastelera me contaba cientos de anécdotas que no encontraba en absoluto interesantes. Me despedí de ella con la esperanza de que el próximo día que buscara pasteles hubiera otra pastelería que me acogiera en sus brazos. Pero en ese mismo momento una duda sobrecogió mi cuerpo: en esa pastelería me habían mostrado la verdad, y no había sido muy gratificante que digamos. ¿Qué me esperaba en las demás: el bien, el amor, la justicia, o quizá dios? Por si acaso, desde hace un mes no como dulces. Y estoy soportándolo bastante bien. Por cierto, ¿alguien tiene Lacasitos? ¿No? ¿Y un pepito? ¿Tampoco? ¿Donuts? ¿Bolly…